Las raíces de un Yguazú que crece

Ichiro Fukui, integrante de la comisión directiva de la Expo Yguazú, repasó los orígenes de la colonia japonesa, las dificultades de los primeros inmigrantes y la transformación de una comunidad que hoy apuesta por la producción con valor agregado sin dejar de preservar sus raíces.

Colonia Yguazú cumplió 65 años de historia marcada por la inmigración japonesa, el trabajo de sus pioneros y un proceso de transformación que convirtió una zona inicialmente desconocida para los colonos en una comunidad productiva y en crecimiento.

Durante la Expo Yguazú 2026, realizada del 27 al 30 de agosto en la Plaza de la Amistad, Ichiro Fukui, integrante de la comisión directiva del evento, recordó los primeros años de la colonia y explicó cómo se fue construyendo esta historia, desde la llegada de las primeras familias hasta los desafíos actuales de la producción y la organización comunitaria.

Fukui explicó que Yguazú forma parte de la última etapa de la inmigración japonesa promovida por el Gobierno de Japón hacia el exterior. El proceso se intensificó después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Japón quedó devastado y comenzó a impulsar la salida de ciudadanos hacia distintos países en busca de nuevas oportunidades.

“Después de la pérdida de la guerra, prácticamente Japón se quedó sin nada. Entonces, el Gobierno se preocupó y empezó a incentivar la inmigración para que los japoneses pudieran encontrar lugares donde vivir mejor”, relató.

Los acuerdos se establecieron entre gobiernos y contemplaron distintos destinos de Sudamérica, entre ellos Paraguay. Fukui llegó al país en 1967, cuando tenía tres años, junto con sus padres. El traslado hasta la colonia fue un largo recorrido: partieron desde Yokohama en barco, llegaron a Buenos Aires después de 45 días y continuaron en tren, balsa y camiones hasta alcanzar su destino.

“Llegamos a esta colonia y no trajimos nada. Solamente cosas para sobrevivir”, recordó.

Una colonia que comenzó desde cero

Los primeros inmigrantes encontraron una realidad muy diferente a la que habían dejado en Japón. La tierra era fértil, pero las condiciones eran difíciles y los conocimientos que traían no siempre podían aplicarse directamente al nuevo territorio.

Fukui señaló que los primeros años estuvieron marcados por importantes dificultades y que una parte de los inmigrantes terminó regresando. Para quienes permanecieron, el proceso implicó aprender de las condiciones locales y desarrollar nuevas formas de producción.

La agricultura, sin embargo, ya formaba parte de la identidad de aquellas familias. Fukui explicó que muchos provenían de generaciones de agricultores y que esa cultura productiva estaba vinculada con la planificación, el trabajo de la tierra y la capacidad de esperar los resultados de una cosecha. “No es que nosotros vinimos a dedicarnos a la agricultura, sino que nuestros abuelos y tatarabuelos ya eran agricultores allá”, explicó.

En Yguazú, los colonos comenzaron principalmente con la horticultura. A partir de la década de 1980, avanzaron hacia la producción extensiva y empezaron a incorporar maquinarias agrícolas. En aquel momento, recordó Fukui, un tractor de 40 o 50 HP ya representaba un importante salto tecnológico para los productores.

Ese proceso acompañó el crecimiento de la colonia. Según explicó, inicialmente llegaron alrededor de 370 familias y actualmente permanecen unas 220, integradas también por hijos y nietos de aquellos primeros pioneros.

Una identidad que se mantiene

El desarrollo de la colonia no significó dejar atrás la cultura japonesa. Por el contrario, una de las preocupaciones de la comunidad fue conservar sus tradiciones y transmitirlas a las nuevas generaciones, mientras sus integrantes fueron construyendo una identidad paraguaya. “Ya somos paraguayos, pero tenemos adentro que somos descendientes de los japoneses. La cultura queremos mantener, queremos ir traspasando de generación en generación”, afirmó Fukui.

El carnaval japonés constituye uno de los espacios donde esa herencia cultural continúa presente. Para Fukui, estas expresiones permiten mantener vivo el vínculo con los pioneros y, al mismo tiempo, compartir esa tradición con el resto de la sociedad.

La convivencia entre ambas culturas forma parte de la identidad de Yguazú. “Somos de origen japonés, estoy aquí, soy hoy paraguayo”, resumió durante la entrevista.

El desafío de agregar valor

Con el paso de las décadas, la actividad productiva de la colonia también fue cambiando. Para Fukui, uno de los principales desafíos actuales consiste en avanzar desde la producción primaria hacia procesos que permitan incorporar valor agregado. “Solamente producir en la agricultura ya no es sustentable. Entonces, todos esos productos primarios se tienen que elaborar y darles el valor agregado”, sostuvo.

Como ejemplo, explicó una cadena que comienza con la producción de soja, continúa con su transformación en alimento balanceado y puede llegar posteriormente a la producción de carne. De esta manera, el producto atraviesa distintas etapas y adquiere mayor valor a medida que se incorpora procesamiento. “Ese es nuestro objetivo, ese es nuestro rumbo y el norte: vamos a darle cada vez un valor agregado al producto primario”, afirmó.

En ese camino, Fukui destacó que la colonia fue incorporando actividades industriales y que actualmente existe una mayor apuesta por el desarrollo de la zona.

El cooperativismo como parte del desarrollo

La organización colectiva constituye otro de los elementos que Fukui considera fundamentales en la historia de las comunidades japonesas. Según explicó, el cooperativismo forma parte de esa cultura de trabajar y avanzar en grupo. “Defender en grupo, hacer las cosas unidos, ese espíritu del cooperativismo lo tenemos adentro”, señaló.

En ese sentido, diferenció el espíritu de las cooperativas de producción de otras modalidades cooperativas y puso como ejemplo el desarrollo alcanzado por las colonias menonitas del Chaco Central.

A su criterio, la organización colectiva permitió que comunidades que comenzaron en condiciones adversas pudieran desarrollar progresivamente sus actividades y servicios. “Gracias a ese espíritu de cooperativismo, mira, convirtió el Chaco Central en un polo de desarrollo”, expresó.

Para Yguazú, esa combinación entre trabajo productivo, organización comunitaria y preservación cultural forma parte de una trayectoria que continúa después de 65 años. Una historia que comenzó con familias que llegaron a Paraguay en busca de un nuevo horizonte y que hoy se proyecta hacia una etapa en la que el desafío pasa por seguir desarrollando la producción, generar valor y mantener viva la identidad construida por sus pioneros.

 

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