En la compañía Caraguatá, en una zona alejada, pero productiva del departamento de Itapúa, la historia de Agroganadera Don Francisco refleja el impacto de la visión, el trabajo familiar y el cooperativismo en la producción lechera paraguaya.
Con más de tres décadas de trayectoria, su fundador, Francisco Berwanger, recuerda con claridad los inicios: “Arrancamos con apenas 14 litros por día por vaca. Era otro tiempo, otra realidad. Veníamos de la agricultura y empezamos a apostar de a poco por la lechería”, relata.
El rol clave de la cooperativa
Berwanger destaca que el punto de inflexión fue su vínculo con la cooperativa Colonias Unidas, de la cual es socio desde los 22 años. “La cooperativa no solo nos dio financiamiento, sino también asistencia técnica y acompañamiento. Para acceder a eso hay que ser responsable: el crédito se devuelve en tiempo y forma, porque es plata de todos los socios”, enfatiza.
Esa relación permitió inversiones clave en genética, infraestructura y bienestar animal.
“Al principio no teníamos galpones. Recién hace unos 12 años empezamos a mejorar las condiciones, y hace más de 20 años trabajamos con inseminación artificial”, explica.
Hoy, la finca cuenta con 74 vacas en ordeñe y una producción que promedia entre 37 y 38 litros diarios por animal, con picos de hasta 40 litros. “El cambio es enorme. Pasar de 14 a casi 40 litros demuestra que la apuesta valió la pena”, afirma.

Tecnología, genética y bienestar animal
El crecimiento productivo se apoya en una combinación de factores: genética de alta calidad, manejo técnico y bienestar animal.
La meta ahora es ambiciosa: “Queremos llegar a 120 vacas en ordeñe. Con eso podríamos alcanzar unos 4.000 litros día por medio para la industria”, proyecta Berwanger.
El relevo generacional ya está en marcha
El crecimiento de la agroganadera también se sostiene en la incorporación de nuevas generaciones. Neison Berwanger ya tiene un rol clave en la operación diaria. “Estoy a cargo del ordeño, la limpieza y todo el manejo del día a día. Es un trabajo exigente, requiere paciencia y constancia”, cuenta.
La rutina comienza de madrugada: “El primer ordeño es a las dos de la mañana, luego a las diez y el tercero a las seis de la tarde. Hoy hacemos tres ordeños diarios, a diferencia de antes, que eran dos”.
Este cambio responde directamente al mejoramiento genético. “Trabajamos hace casi 20 años con genética Holando. Eso nos permitió pasar de 14 litros a casi 40 por vaca”, explica.
Además, el bienestar animal es una prioridad: “Con tres ordeños evitamos que la vaca pase muchas horas con la ubre llena, lo que reduce el estrés y mejora la producción”.
Adaptarse al clima, uno de los grandes desafíos
El manejo también está condicionado por factores climáticos.
“El verano es complicado. La vaca Holando sufre el calor, entonces la producción baja. En invierno, en cambio, sube porque no hay estrés térmico”, detalla Neison.
Para mitigar estos efectos, implementan sistemas de aspersión de agua y ventilación. En cuanto a la alimentación, la producción es mayormente propia: “Producimos nuestro balanceado. Solo compramos algunos insumos como expeller de soja o canola. Eso nos da mayor control”, agrega.
Cooperativismo y futuro
Aunque aún no es socio, Neison reconoce el valor del modelo cooperativo y anticipa su incorporación: “La idea es sumarme. Viendo todo lo que se logró, es el camino a seguir”.
Su padre lo resume con una mirada estratégica: “El crecimiento no es solo individual. Es colectivo. Si cuidamos la cooperativa, nos cuidamos entre todos”.

Un modelo que combina tradición, innovación y familia
La historia de Agroganadera Don Francisco sintetiza tres pilares del desarrollo rural: el trabajo familiar, la incorporación de tecnología y el respaldo del sistema cooperativo.
Desde aquellos 14 litros iniciales hasta los actuales niveles de producción, el establecimiento no solo creció en números, sino también en visión. Y con una nueva generación tomando la posta, el futuro del emprendimiento parece estar tan firme como sus raíces.




